
Es como una de esas maquinas de los hospitales. Esas que controlan los latidos del corazón, donde cada latido es un pip… Pip.Pip.Pip.Pip... Siempre ha sido así. Ayer, ahora y mañana. Mientras el pip continúe, tú seguirás con vida. ¿Y si este se detiene? Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiip… Uno largo y constante, sin interrupciones. Desapareció el pip intermitente. Desapareciste tú. Tu mente, tu alma, tus recuerdos. Un sonido que determina el fin de tu existencia. El fin de tu vida.
Y si, siempre ha sido así. Nuestra historia nunca ha tenido latidos regulares. Jamás. Ha sufrido más de una reanimación, más de una muerte momentánea y más de un infarto. Nunca ha tenido latidos estables, siempre ha sufrido. Siempre hemos sufrido. Pero, aún así, siempre ha estado ahí ese maldito (o bendito) pip intermitente que nos mantenía con vida. Nos mantenía aquí, rescribiendo una y otra vez nuestro historial médico, alargándolo, espesándolo, rellenándolo…
Lo que aún no entiendo es cómo hemos llegado a esta cama de hospital. Aún no se como nuestro bendito pip intermitente a pasado a ser un intenso y molesto pip largo y constante, sin opción a revivir…

